Papás adolescentes y desigualdad

Papás adolescentes y desigualdad

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Por Roberto Garda Salas y Gabriel García Mellado*

Pensemos en alguna adolescente entre 13 y 17 años, por ejemplo Silvia o Ana, quien asiste a la escuela en la mañana, por las tardes va con sus amigas a algún centro comercial y asiste al cine. De noche, por momentos hace tarea y/o quehacer en su casa. También pensemos en otro adolescente. Por ejemplo, Enrique o Fernando, que hace deporte, trabaja los fines de semana con su tío y entre semana también va a la escuela. Estas rutinas son todos los días, pero pueden variar. Por ejemplo, las y los jóvenes pueden estar más tiempo en sus casas o al contrario, estar más tiempo con amigas y amigos. A veces viven situaciones que desde la mirada adulta son “de riesgo”, pero para ellas y ellos son de experimentación, de reafirmación de su identidad y de autodescubrimiento. E incluso, por qué no, de rebeldía.

La sexualidad es parte de cualquiera de estos adolescentes. Así como comen, van a la escuela, salen con sus padres o amigos, o ven la televisión, también tienen expresiones afectivas como besarse, coquetearse, hacerse caricias y, en algunos casos, practicar el autoerotismo, el coito con la pareja o experimentar otras prácticas como el trío o el sexo cibernético. En algunos, la sexualidad se manifiesta en el contexto de una relación formal, y en otros casos surge fuera de ese contexto. En otros casos es voluntaria, pero también puede darse impuesta.

Todo ello –que es el contexto y las interacciones– influye en el uso de métodos anticonceptivos. La accesibilidad de éstos, la información que se tenga, el momento, los mitos que giran en torno a ellos, adquieren relevancia –o no– para la o el adolescente en el momento de coito. Cuando Eros es especialmente intenso –y no pensamos en la cantidad, sino en la calidad de los vínculos afectivos y amorosos–, con frecuencia los adolescentes no vislumbran –igual que muchos adultos– las consecuencias reproductivas de su vida sexual: el embarazo (en este caso, adolescente).

Este escrito es el resultado de una investigación que hicimos en Hombres por la Equidad, A. C., apoyada por Indesol. Para la investigación entrevistamos a ocho mamás y a once papás adolescentes, así como a cinco investigadores/as en sexualidad adolescente y género, y dos mamás y dos papás adultos. Revisamos bibliografía y además nos nutrimos de nuestra experiencia en el trabajo con jóvenes. A continuación compartimos lo que aprendimos, pero en todos los casos las ideas se profundizan en el libro de la investigación.

 Maternidad: ningún “lugar sagrado” para ellas

Para las y los adolescentes, en todos los casos fue una sorpresa la noticia del embarazo. Para ellas no era importante saber por qué ocurrió, sino el hecho de que ya estaba ocurriendo para saber qué hacer. La noticia siempre llegó por momentos: se suspendió la regla, se tuvieron mayores o menores molestias corporales, se hicieron la prueba casera y fueron al médico –solas o acompañadas– y ahí confirmaron el embarazo con un ultrasonido. A algunas adolescentes la noticia les generó serios problemas emocionales debido a que no querían ser mamás. Para otras no fue así, pues ya tenían pensado que lo “deseaban” o que era “una posibilidad”.

Para quienes no querían, no es raro que sus padres o cuidadores les impusieran la maternidad como parte de un castigo. A veces, incluso el novio participó en esta coerción. Parte de este castigo también fue vivir severos regaños, ser sacadas de la escuela y el trabajo, y la justificación usual era por “estar embarazada”. Observamos que después de enterarse muchas adolescentes vivieron una especie de aislamiento pues la escuela, las amigas y amigos, la comunidad, etcétera, las miraban por momentos con asombro y rechazo, pero usualmente sin ningún tipo de aprobación o empatía. Ante ello, algunas familias las apoyaban y protegían, y otras reproducían el estigma social en el seno familiar.

En general, las adolescentes no esperaban ese maltrato social y familiar. Antes, la mayoría de las adolescentes recibieron información idealizada sobre el embarazo. Por ejemplo, a muchas les dijeron que al embarazarse “todo iba a seguir igual” o que “no iba a pasar nada”, que “es lo más hermoso del mundo ser madre” o que es lo único “que te permite sentirte mujer”. Así, la sociedad –por medio de la mamá, el papá, las tías, las amigas, los medios de comunicación, maestros mal informados, etcétera– les vende a las adolescentes una idea sobredimensionada de la maternidad. No las prepararon para la realidad.

Esta realidad va de la experiencia del parto (que definen como muy doloroso, pero al mismo tiempo “hermoso” por tener al bebé) hasta la convivencia diaria con sus hijos. En la vida cotidiana, las adolescentes se dedican a jugar con ellos, a alimentarlos, a educarlos en habilidades como hablar, caminar, y a expresar mediante abrazos y caricias el afecto. Pero junto con estas experiencias satisfactorias también tienen choques con sus hijos e hijas, los regañan, se desesperan, tienen mucho miedo cuando se enferman y viven una constante ansiedad por la falta de dinero.

Algunas adolescentes se deprimen y enojan ante los conflictos. Hablan de su experiencia de ser mamás como algo que “no quieren”, incluso llegan a reconocer que no quieren a sus hijos. Se desesperan y les duele haber abandonado la escuela y a las amistades, y en varios casos comenzaron a tener problemas de salud mental e incluso adicciones.

Quienes se sienten bien ya habían decidido ser mamás antes del embarazo. A veces la decisión surgió por “sentirse solas” o porque “los niños me gustan”. En la literatura se reporta la violencia sexual de algún familiar, aunque nosotros no encontramos casos con esas características. La escuela y el trabajo dejan de ser un proyecto relevante para ellas –lo cual no significa que no lo retomen después.

Para éstas últimas –salvo las que vivieron violencia sexual– fue importante poder elegir si querían tener al bebé o no. Usualmente, el papá y la mamá las hicieron sentirse apoyadas, y lo manifestaban en un cuidado compartido del bebé por los nuevos abuelos u otros familiares. Cuando la familia no apoyaba, o lo hacía juzgando, criticando y minando toda autoestima de la nueva mamá, ésta no sentìa satisfacción al ejercer su maternidad, y al final la rechazaba o la aceptaba de mala gana. Es el caso de las madres que no quieren serlo.

Finalmente, las jóvenes aceptan o no la maternidad según muchas circunstancias. Por ejemplo, quien sí lo deseó puede llegar a arrepentirse, impresionada por las responsabilidades. Y quienes no querían comienzan a aceptar a su bebé, retoman sus estudios y, a veces, un trabajo. En ambos casos, el apoyo es muy importante, sobre todo de los padres.

Paternidad: el paso hacia la adultez

Los varones adolescentes reportan que la noticia del embarazo de su pareja les generó incredulidad hasta que se confirmó con un ultrasonido. Una vez que se dan cuenta de que sí es verdad, algunos reaccionan con felicidad pues “ya esperaban” ser padres y lo habían hablado con la pareja desde hacía tiempo” Por el contrario, quienes no lo quieren se enojan, reclaman, se sienten culpables y a veces llegan a abandonar a su hijo y a la pareja. No localizamos en la investigación a adolescentes que abandonaran a sus hijos y a su pareja, pero sí encontramos a algunos adolescentes que se habían separado, y en esos casos continuaban apoyando al bebé con visitas, con dinero y conviviendo con él.

Al igual que las adolescentes, los jóvenes comienzan a experimentar un fuerte desgaste emocional y físico. Pero el desgaste de ellos no es debido a estar todo el tiempo con los bebés, sino porque trabajan, van a la escuela, suelen dormir pocas horas al día por cuidar al bebé, y en no pocas ocasiones tienen un fuerte estrés debido a los gastos e incluso tienen problemas de pareja. Tal como las adolescentes, ellos también juegan con sus hijos, los educan y conviven con ellos, pero el tiempo de crianza reportado en la investigación es mucho menor que el de las mamás adolescentes. De hecho, una de las principales actividades reportada por los jóvenes fue la de “ir al doctor” como algo que todos realizan más frecuentemente.

La reacción de los padres hacia los adolescentes tiene tres vertientes: i) Hay quienes los sobreprotegen; ii) Hay quienes los castigan y los obligan a dejar la escuela y “ponerse a trabajar”, y iii) Hay quienes conversan con ellos y crean una estrategia para mantener escuela, trabajo y asumir su paternidad. En general, padres y madres reportan una reacción más reflexiva hacia los varones jóvenes, y de menor castigo que con las adolescentes. Posiblemente por ello pocos son los adolescentes que rechazan su paternidad, pues el apoyo familiar es más palpable. Pero por otro lado, estos jóvenes “ganan” con las actividades que realizan a nivel simbólico, pues sus pares y sus familias los ven como “responsables” porque aceptan los roles de “padres”, “esposos” y “trabajadores”. Todos los adolescentes entrevistados reportan que algo “cambia” en ellos de forma tal que “dejan de ser niños”. Así, viven los costos y las ganancias del embarazo.

Esa es una diferencia central entre mamás y papás adolescentes que las políticas públicas y las investigaciones toman muy poco en cuenta: los esfuerzos que viven las adolescentes desde el embarazo, el parto, la violencia de la familia –y en algunos casos de pareja– y la crianza del hijo tienen como “premio” ser madres, y se hace a costa del proyecto personal de la adolescente. Los adolescentes varones viven un castigo familiar menor, y sí viven explotación en el trabajo y llegan a desvelarse por sus estudios. Lo que es diferente en ellos es la retribución, pues sienten malestar pero no abandonan su proyecto como individuos. De hecho, el ser padre, esposo, trabajador y, por tanto, ser hombre adulto, se ve como algo integrador y agradable.

Conclusiones

Como podemos ver, la construcción de la paternidad es opuesta a la de la maternidad. En otras palabras: para que los varones adolescentes adquieran esas pruebas de “madurez” y “responsabilidad” se requiere que las adolescentes cuiden a los hijos o hijas. Estos aspectos tendrían que ser tomados en cuenta por investigadores, así como por hacedores de políticas públicas para los adolescentes, y cuidar que éstas no reproduzcan las desigualdades que ya existen en el contexto, al contrario, que reequilibren estas situaciones sin quitar el apoyo a los varones, sino extendiéndolo a las mujeres.

* Hombres por la Equidad, A. C.

Fuente: Numero   238     9 de Mayo de 2016           www.letraese.org.mx

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