Hombres, poder y estatus

Hombres, poder y estatus

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Michael Kaufman, uno de los veteranos estudiosos de las masculinidades, explica en esta entrevista la opresión que el sistema patriarcal ejerce no sólo desde los hombres hacia las mujeres, sino de los hombres sobre otros hombres. Autor y compilador de varios libros sobre temas de género y estudios de desarrollo, su más reciente obra es The Guy’s Guide to Feminism (La guía sobre feminismo para hombres). También ha sido catedrático en la Universidad York de Toronto, donde fue subdirector del Centro de Investigación para América Latina y el Caribe.

Ernesto Vásquez del Águila y Nata Duvvury

Por casi 35 años, Michael Kaufman ha sido educador, escritor y activista enfocado al trabajo con hombres y niños para promover la igualdad de género y terminar con la violencia de los hombres hacia las mujeres. Es cofundador de la campaña White Ribbon (“Lazo blanco”), el mayor proyecto a nivel mundial de hombres trabajando para erradicar la violencia en contra de las mujeres.

¿Crees que la violencia de género es diferente a otros tipos de violencia?
Creo que la mayoría de los tipos de violencia son, en realidad, violencia basada en el género, o que al menos tienen una causalidad o componente de género. No es simplemente que la mayoría de la violencia sea cometida por hombres, en contra de otros hombres o mujeres; muy a menudo asumimos que la frase “violencia de género” es un sinónimo para la violencia masculina en contra de las mujeres, cuando también es una descripción de la mayoría de los casos de violencia en contra de hombres.

Cuando exploramos esta violencia, comenzamos a comprender que el patriarcado no es solamente un sistema organizado de hombres que dominan a las mujeres, sino un intricado sistema de algunos grupos de hombres dominando a otros grupos de hombres. La violencia se convierte en una herramienta para mantener el poder, utilizada por algunos hombres sobre otros, así como en una herramienta de resistencia.

Pero la violencia masculina es más que un instrumento para establecer o mantener el poder; es también un mecanismo de compensación. Después de todo, nuestras definiciones hegemónicas de masculinidad son imposibles de alcanzar para cualquier hombre que desee vivir de acuerdo con ellas. El uso de la violencia es una herramienta que algunos hombres utilizan para demostrarse a ellos mismos y a otros que son “hombres verdaderos”. Es una práctica que cimenta sus relaciones de acuerdo con las estructuras de dominación masculina.

La violencia homofóbica explícita también posee este carácter compensatorio y es, definitivamente, violencia de género. Pero creo que, en un sentido más amplio, la mayoría de la violencia casual o reactiva entre hombres y niños mayores es violencia homofóbica. En este sentido, se basa en la actuación y en la negación activa al miedo a otros hombres.

Entonces, para ti, ¿cuál es el rol de la masculinidad en la violencia de género?
Las definiciones hegemónicas de masculinidad incorporan directamente a la violencia como una parte activa fundamental. Nuestras construcciones dominantes de masculinidad se encuentran estrechamente vinculadas con el uso de la violencia, la habilidad y la capacidad de utilizarla, la habilidad para soportar la violencia y el dolor, así como la estoica interiorización de la violencia. Estas dos últimas le proporcionan una calidad masoquista, incluso homoerótica, a la violencia masculina; piensa en la adoración física al héroe de acción cuyo pecho se encuentra cortado y sangrante y que, en un toque encantador, ni siquiera parpadea cuando soporta un salvaje castigo, mientras sólo se permite sentir dolor cuando una bella mujer limpia su herida con un pañuelo húmedo; las atenciones de ella no sólo representan una ganancia para él, sino que permiten al admirador masculino negar cualquier interés sobre el cuerpo del héroe.

¿Qué hay sobre el poder? ¿Cuál es su función en la violencia?
Suscribo la contribución de las académicas y activistas feministas cuando señalan a la inequidad y la representación del poder como motores fundamentales del uso de la violencia masculina. De modo simple: los hombres como individuos o los grupos de ellos han utilizado la violencia como instrumento para mantener el control y el poder. Las masculinidades hegemónicas son una expresión del poder social; es un poder patriarcal a nivel individual. Dentro de esto, la violencia es un medio para reforzar y mantener el poder dentro de las relaciones. Las masculinidades hegemónicas son una encarnación y una expresión viviente del poder y la jerarquía social.

Pero mi trabajo de las tres últimas décadas también ha girado en torno al análisis de una paradoja dentro de nuestras prácticas y construcciones dominantes de masculinidad. Las muchas maneras que han definido al poder son fuentes de gran miedo, dolor, alienación y duda para los propios hombres.

Tan pronto como comenzamos a trabajar con hombres, ya sea como investigadores, activistas o consejeros, descubrimos esta bizarra paradoja en las vidas de los hombres: sí, nuestras vidas están construidas alrededor del poder, pero también alrededor del miedo. Para simplificarlo: este miedo se relaciona con el hecho de no vivir de acuerdo con las expectativas y demandas de la hombría; es un miedo a no ser hombre, sino ser eso que las sociedades patriarcales han venerado y despreciado simultáneamente: una mujer.

Aquí es donde se introduce la violencia. Puede ser utilizada por un hombre como un mecanismo compensatorio. Así, un individuo podría estar usando la violencia de manera simultánea, para mantener el poder y el control en sus relaciones, así como para compensar la sensación de que no tiene el poder y no es un hombre verdadero.

Cuando dices que la violencia es un mecanismo que un hombre utiliza para compensar su falta de poder, ¿no crees que algunas personas pueden verlo como una justificación para la violencia masculina?
Debemos distinguir entre una explicación y una excusa.

Los hombres utilizan la violencia por razones contradictorias, pero ninguna de ellas es una excusa. Como adultos, todos tomamos decisiones. Estas decisiones pueden ser inconscientes; podemos sentir que nuestras acciones están fuera de nuestro control, pero aún estamos tomando decisiones. El hombre que va a casa y golpea a su esposa no decidió golpear a su compañero de trabajo o al vendedor en la tienda. Está tomando decisiones.

Comprender la raíz de sus acciones no es justificarlas o proporcionarle una excusa. Es darnos la herramienta para cambiar verdaderamente el uso de la violencia por parte de los hombres, desafiar los modos en los que las sociedades patriarcales han desarrollado las culturas de violencia, y a ayudar a los individuos a cambiar.

En tu trabajo sobre las experiencias contradictorias de los hombres con el poder dices que, a pesar de que ellos tienen un derecho al poder en nuestras sociedades, sienten que no lo tienen en sus vidas diarias. ¿Cómo resuelves este dilema en tu trabajo con hombres?
Recientemente, mientras me encontraba como panelista en una comisión de la ONU sobre el estatus de la mujer, organizada por el gobierno noruego, surgió la pregunta: ¿Por qué aún existe la violencia masculina en contra de las mujeres en sociedades más equitativas en términos de género tales como las de los países escandinavos? Mi respuesta fue que erradicar la violencia masculina requiere erradicar la inequidad y los privilegios de los hombres, y también transformar la masculinidad, transformar las relaciones de hombres con otros hombres y las vidas de los hombres como proveedores.

Uno podría argumentar que todo esto es, finalmente, lo mismo, y que podría ser resumido como erradicar el patriarcado. Pero significa que debemos ir más allá de un discurso sobre la igualdad de género y que debemos comenzar a hablar sobre una transformación social y personal, la erradicación del patriarcado y el desmantelamiento de nuestras ideas y prácticas en lo relacionado con el género.

¿Cómo te enfrentas a esta contradicción en tu trabajo con los hombres?
Aunque los hombres tienen un poder social relativo y sus privilegios, el patriarcado es, por supuesto, también un sistema de jerarquía y dominación entre hombres. Ellos, como individuos, experimentan formas particulares de opresión y discriminación o aislamiento debido a su clase socioeconómica, su color de piel, su orientación sexual, sus habilidades físicas o falta de ellas, su estatus de migrantes, su edad, entre otros factores. Sobre todo esto, la mayoría de los hombres crecen experimentando violencia y la expectativa de que deben involucrarse en prácticas violentas –cuya totalidad posee implicaciones traumáticas o, al menos, autodestructivas para los hombres.

Así que, aunque es cierto que no son oprimidos “como hombres” (y es importante que nosotros digamos esto en contra de los reclamos de los ideólogos sobre los derechos de los hombres), esto no es más que un detalle académico. Un hombre, como individuo, no separa su experiencia como hombre de su experiencia como blanco o negro, gay o heterosexual, etcétera.

Esto tiene implicaciones prácticas para aquellos que trabajamos como activistas o practicantes. Podremos estar trabajando para desafiar a la violencia masculina o los privilegios de los hombres, pero si realmente vamos a llegar a los hombres que queremos cambiar, si realmente deseamos comprender sus vidas y sus posiciones en la reproducción de las complejidades del patriarcado, entonces debemos guiarnos por la empatía y la compasión: empatía y compasión porque sabemos que todos los hombres se ven afectados por la homofobia (aunque el impacto es variable); porque algunos hombres se enfrentan a formas específicas de opresión y discriminación; porque sabemos del trauma y las heridas que algunos hombres causan a niños y a otros hombres; porque las muchas maneras que han definido y construido el poder masculino en realidad hacen que la vasta mayoría de los hombres se vean a sí mismos como un fracaso.

Hemos decidido hacer lo anterior no sólo porque queremos ser “buenos” (aunque eso no sería algo tan malo). Pero si deseamos que la gente cambie, debemos crear ambientes seguros para el cambio. Si señalamos a los hombres de manera acusadora y decimos “dejen de hacer esto y aquello”, todo lo que haremos será desencadenar una reacción defensiva. Pero si creamos un ambiente seguro y de crecimiento, recreamos las condiciones en las que los niños aprenden.

Sabemos, por los recientes estudios neurocientíficos, que en situaciones de seguridad personal el cerebro de los niños se desarrolla en formas más saludables. De hecho, producimos las hormonas que nos permiten crear patrones neurológicos, mientras que, si nos sentimos amenazados, producimos un flujo de cortisol que desencadena respuestas de lucha o huida que, literalmente, evitan el aprendizaje.

En general, el reto de trabajar con hombres para obtener un cambio es integrar en nuestra labor una comprensión de las experiencias contradictorias que tienen los hombres en relación con el poder. Esto implica que debemos ser implacables al desafiar las actitudes y comportamientos opresivos en los demás y en nosotros mismos. Pero, al mismo tiempo, debemos hacerlo con compasión y empatía.

¿Cómo observas el futuro de los estudios sobre hombres y masculinidades?
Estoy increíblemente emocionado. Un puñado de nosotros comenzamos, de manera independiente, nuestro primer estudio en el campo a principios de los ochenta porque, literalmente, casi no había trabajos académicos sobre hombres y masculinidades y existía muy poca literatura popular de calidad. Ya en los noventa, era posible conocer a todos los que trabajaban en el campo, al menos a aquellos que escribían en los idiomas que conocías. ¡Ahora es tan diferente!

* Versión editada de la entrevista publicada en Gender Sexuality & Feminism, 13 de mayo de 2013. Centro de Estudios de las Mujeres, University College Dublin, Irlanda.

Traducción: Rogelio Rivera Melo

Fuente: Letra S, Salud, Sexualidad, Sida  Número 212
Jueves 6 de Marzo de 2014

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