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Fallas del sistema de salud apagan la vida de los niños en Venezuela (Fotos)

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95% de los hospitales venezolanos padecen graves fallas en el abastecimiento de insumos y medicamentos básicos. Fuentes no oficiales estiman que la tasa de mortalidad infantil en el año 2016 fue de 18,6 por cada 1.000 nacidos vivos: la peor desde 1999, el año en que Hugo Chávez arribó al poder. No son solo números: son historias reales, desgarradoras, que reflejan las dimensiones de la tragedia de un país

“¡Yo no sé qué vino a hacer ese bebé a este mundo!”, exclama la mujer con los ojos vidriosos. Habla y se lleva las manos a la cabeza, sin poder entender aun el por qué de tanto dolor, de tanto sufrimiento. Un mes antes, la familia celebraba el comienzo de una nueva vida, un niño rozagante que pesó 4 kilos y medio al nacer. Y, ahora, todos lloran desconsolados porque la muerte se los arrebató de los brazos.

El bebé ingresó el 16 de agosto al hospital Victorino Santaella, uno de los centros de salud más importante del país ubicado en el estado Miranda, a 30 kilómetros de Caracas. “Lo llevamos porque la fiebre le llegó a 39”, relata su tía, que pide resguardar su identidad. Concretar la admisión del niño en la emergencia pediátrica tomó cinco horas, desde las 2 hasta las 7 de la tarde. “Decían que los médicos estaban ocupados, que no nos podían atender”, dice. Y no hay manera de disimular la indignación.

Hospital-12Dentro del sanatorio las cosas no mejoraron. “Por la falta de insumos, surgen mafias que te ofrecen una ampolla de un antibiótico en 5 mil bolívares, un medicamento para nebulizar en 7 mil y materiales para tratamiento intravenoso en 1.500”. Gracias a sus contactos en una institución pública, la familia consiguió las medicinas de forma gratuita. “Pero luego se ‘desaparecían’ en la sala y las enfermeras se acusaban mutuamente”, afirma la señora.

El bebé falleció el 29 de agosto. “Lo vi con los brazos hinchados, deformes. Para drenarlo por hemotórax, tuvieron que hacerle unas punciones terribles, como si le dieras una puñalada a un animal. Fue algo horroroso”

Pasaban los días y la única certeza que tenían era que el niño empeoraba. “Ni siquiera contábamos con un diagnóstico claro. Primero era una infección respiratoria, luego una neumonía basal, después un absceso pulmonar”. La mujer cuenta que “el bebé pasó cuatro horas sin ventilación mecánica porque no había quien supiera manipular el equipo”.

La familia ejerció presión sobre la dirección del hospital y logró conseguir un cupo en el J. M. de los Ríos, centro especializado en pediatría de Caracas. Como en el Victorino Santaella no había ambulancia disponible, tuvieron que alquilar una por 180 mil bolívares para trasladarlo a la capital el 25 de agosto. La tía guarda en la memoria la respuesta que un médico le dio a la madre, de 24 años, cuando le preguntó si su hijo podía salvarse: “si se queda aquí se muere y allá también”.

El bebé falleció el 29 de agosto. “Lo vi con los brazos hinchados, deformes. Para drenarlo por hemotórax, tuvieron que hacerle unas punciones terribles, como si le dieras una puñalada a un animal. Fue algo horroroso”, describe la tía, acosada por aquellas imágenes que se repiten en su cabeza. A meses de aquel triste episodio, la mujer todavía siente la pena y la rabia que le queman por dentro. “Estoy segura de que esto ha podido evitarse, pero a ese niño no le prestaron la atención médica necesaria, no resolvieron nada”.

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No se trata de una historia aislada. El servicio de pediatría del hospital Victorino Santaella registró 16 fallecimientos de niños menores de 1 año entre enero y agosto de 2016. Alarmados por la estadística, médicos y enfermeras de este centro sostienen que cada una de esas muertes refleja el deterioro del sistema de salud pública y la crisis económica que golpea a Venezuela.

“Eran bebés con desnutrición y deshidratación, hijos de madres mal alimentadas”, resume una doctora que conoció los casos. La institución que trató de sanarlos también está debilitada. Carece de los insumos básicos para cumplir con su función: salvar vidas. No se trata solamente de la falta de equipos o medicamentos costosos, sino incluso de la escasez de alcohol, catéteres e inyectadoras, materiales básicos para auxiliar a los pacientes.

El hospital Victorino Santaella es un centro de referencia nacional que cubre todas las especialidades médicas, cuenta con cerca de 500 camas y, según los cálculos oficiales, atiende a unas 10 mil personas al mes. A finales de 2015 el gobierno del presidente Nicolás Maduro anunció una inversión millonaria para renovar su infraestructura. En esa oportunidad, el viceministro de Hospitales, Francisco Hernández, admitió que ninguno de sus 18 ascensores prestaba servicio y que el tomógrafo acumulaba 22 meses fuera de funcionamiento por fallas con la electricidad.

Hospital-6A pesar de los anuncios y promesas oficiales, una enfermera asevera que el hospital está al borde del “cierre técnico”. “Hemos estado cinco meses con solo tres tipos de antibióticos que no sirven para todas las patologías. No tenemos antialérgicos, medicamentos para nebulizar, calmantes fuertes, jeringas, guantes ni equipos para suministrar antibióticos”, advierte. Hasta la nevera de su pequeña oficina está dañada. También exige que contraten a más colegas. “A veces se queda una sola enfermera para 15 o 20 pacientes durante toda noche. Así es muy difícil trabajar”, se queja y muestra sus ojeras.

La Federación Médica Venezolana manifestó en noviembre que 95% de los hospitales del país enfrenta fallas graves de insumos y medicamentos básicos. Un informe que presentó la ONG Transparencia Venezuela ante la Organización de Naciones Unidas (ONU) señala que 60% de los equipos utilizados para diagnóstico y tratamiento en el sector público está “paralizado”, y que la inversión del gobierno chavista en el área de salud tuvo en 2016 una disminución en términos reales de 62% con respecto a 2015.

La debacle del sistema arrastra a los más vulnerables. El ex ministro de Salud, José Félix Oletta, denunció que la tasa de mortalidad infantil en 2016 se ubicó en 18,6 por cada 1.000 nacidos vivos, la peor desde 1999, año que marcó el ascenso de Hugo Chávez a la Presidencia de la República. Además, la mortalidad materna alcanzó el registro de 130 madres por cada 100.000 nacidos vivos, cifra similar a la contabilizada en 1957. Esto significa que 750 parturientas y 10.500 bebes murieron en hospitales venezolanos el año pasado, destacó Oletta en declaraciones al diario El Nacional.

 

Yujeisi Bello debería estar en un aula intentando sacar adelante sus estudios atrasados de secundaria. Pero está aquí, en el piso 7 del hospital Victorino Santaella, con su bebé de 2 meses que padece bronquiolitis. “Necesito Enterogermina, pero aquí no lo hay ni tampoco yo lo consigo”, se lamenta esta madre de 22 años que tiene un hijo mayor de 8 en casa.

Aunque lleva nueve días internada en el hospital, Bello debe acudir a las clínicas y laboratorios privados para practicarle a su niña exámenes de heces y orina. “Eso sí es muy costoso”, reconoce con tristeza. Mientras hoy espera que la abuela traiga el “desayuno” a las 3 de la tarde, confiesa que en ocasiones solo come un par de veces al día.

La economía venezolana está en caída libre. Un dólar se cotiza en el mercado negro en 3.600 bolívares, pulverizandoel poder adquisitivo de los ciudadanos. La inflación cerró 2016 en cerca de 800%, el salario mínimo mensual equivale a 11 dólares y los productos básicos siguen sin aparecer en los anaqueles. A finales de 2015, la pobreza afectaba a 73% de los hogares venezolanos, según la Encuesta de Condiciones de Vida presentada por las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello. En este escenario, enfermarse es un lujo.

En las paredes del área pediátrica del hospital Victorino Santaella rebotan los suspiros de los padres cansados de buscar los medicamentos que necesitan sus hijos para levantarse de la cama.

“No hay para tomografías ni ecosonograma en el hospital, y nos mandan a hacer los exámenes en centros privados cuando uno a veces no tiene ni para comer”, reclama Yaritza González, quien trajo asu bebé de 3 meses con una invaginación intestinal. Ama de casa de 38 años, cría a otros tres hijos y su esposo trabaja como chofer en una empresa. Como pasa todo el día en el hospital no puede dedicarse a hacer las colas para comprar alimentos. “Ahorita como arroz, papa, arepa, lo que se consiga”, reconoce con la frustración pintada en el rostro.

González espera cupo en otra institución para llevarse a su niño, que solo para de llorar cuando reposa en sus brazos: “Aquí no hay ni para hacer una sutura. Uno no entiende cómo un hospital tan grande no tiene nada”.

La Academia Nacional de Medicina indicó que los venezolanos cubren con su propio bolsillo 65,8% de los gastos de salud en los que incurren. Sin embargo, muchas veces no basta con tener el dinero. En las paredes del área pediátrica del hospital Victorino Santaella rebotan los suspiros de los padres cansados de buscar los medicamentos que necesitan sus hijos para levantarse de la cama. La Federación Farmacéutica de Venezuela declaró en noviembre que la escasez de medicinas alcanza 85% y a principios de 2016 cifró la deuda con los proveedores internacionales en unos 6 mil millones de dólares.

Una especialista del hospital revela que en ocasiones los propios familiares también deben costear la alimentación de los pacientes, incluidas las fórmulas lácteas. “Los niños requieren unas dietas especiales, pero no las cumplen y consumen una arepa, papa con salsa o arroz, puros carbohidratos”, comenta preocupada.

En noviembre, cinco trabajadores del servicio pediátrico presentaron infecciones en la piel. La razón es sencilla. “No están limpiando las instalaciones de manera periódica, falla el agua, los desinfectantes, las bolsas para trasladar los desechos. Por el mismo ascensor que sube la comida, baja la basura”, advierte una médica.

Algunas habitaciones se mantienen clausuradas por contaminación y otros espacios están inutilizados por falta de aire acondicionado. Las enfermeras observan que pese a la seguridad interna, roban bombillos, calentadores de agua, bombas de succión portátil y hasta los grifos de los baños.

“No es fácil trabajar en un hospital que cada vez está peor”, murmura otro galeno. Los médicos del servicio pediátrico son regularmente víctimas de agresiones y amenazas por parte de padres que estallan indignados por las fallas del hospital. “Nos toca tratar a las personas de forma empírica. Al no contar con los equipos, no podemos practicarles la punción lumbar a los pacientes con meningitis bacteriana y tenemos que guiarnos por la sintomatología. Eso no es hacer buena medicina, no es científico”, estima.

Recuperar a un niño en medio de todas estas adversidades es casi una proeza, pero aquí en el hospital Victorino Santaella nunca se puede cantar victoria.

Un estudio de la Universidad Simón Bolívar concluyó que en 2015 unos 15 mil médicos venezolanos abandonaron el país en búsqueda de un mejor futuro. El éxodo merma la nómina de hospitales como el Victorino Santaella, donde un especialista con dos posgrados cobra mensualmente en 2016 el equivalente a 9 dólares.

“En diciembre de 2015, una niña de 9 años ingresó a la Emergencia con un daño cerebral severo producto de un accidente de tránsito. Tuvimos que referirla a un centro privado porque aquí no había intensivistas y la niña terminó muriendo”, informa un testigo de aquel episodio.

El gobierno intenta llenar las vacantes con los médicos integrales comunitarios (MIC), formados bajo el modelo de la revolución cubana. “Los MIC tienen un conocimiento ambulatorio, no están capacitados para atender emergencias graves”, coinciden los profesionales consultados.

Recuperar a un niño en medio de todas estas adversidades es casi una proeza, pero aquí en el hospital Victorino Santaella nunca se puede cantar victoria. “Cuando salen del hospital, a los pacientes se les complica mantenerse por la escasez de medicamentos, los costos del tratamiento y los problemas de nutrición. La situación está muy dura”, concluye una doctora la radiografía de un país muy enfermo.

Pedro Pablo Peñaloza publicado en verticenews.com / Fotografías de Alejandro Cegarra

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